Petróleo y Gas

Buenas perspectivas para el petróleo en la Argentina

Si Venezuela se transformara de nuevo en un destino atractivo, algunas inversiones podrían reorientarse hacia Vaca Muerta.

La producción de petróleo argentina continuó creciendo con fuerza durante 2025 a pesar de un escenario de precios internacionales más débiles. El Brent promedió 69 dólares por barril, un 14% menos que en el 2024, y el Medanito 62 dólares, 9% por ciento por debajo.
Sin embargo, la producción total de crudo aumentó 13% y alcanzó los 800.000 barriles por día (b/d) en promedio anual (cerró en 873.000), impulsada casi exclusivamente por el shale oil, que creció un 28% y llegó a una media de 504.000 (terminó en 592.000).
Este desempeño estuvo acompañado por un fuerte dinamismo operativo en el no convencional: los pozos conectados crecieron el 28% y las fracturas aumentaron un 34%. Eso refleja un gran foco de inversión en Vaca Muerta.
El contraste con el segmento convencional fue marcado ya que cayó un 5% promedio anual debido a los precios más bajos y a los problemas estructurales de madurez de campos y salidas de YPF. La actividad se ajustó de manera significativa: los pozos conectados se redujeron un 31% y los rigs activos cayeron casi el 60%.
En el frente externo, 2025 mostró una dinámica muy positiva. Las exportaciones de petróleo crecieron un 43% y alcanzaron los 279.000 b/d en promedio, mientras que las de gas natural aumentaron un 30%.
En paralelo, las importaciones de este último se redujeron casi un 50% interanual, con fuertes caídas en GNL, líquidos para generación y gas por redes. Así, volvió a cumplir un rol central como sustituto de compras al exterior.
Esto llevó a que balanza comercial energética siguiera mejorando de manera contundente. Las exportaciones energéticas crecieron un 14% y superaron los 11.000 millones de dólares, mientras que las importaciones cayeron el 18%.
De esta manera, el superávit energético aumentó un 36% interanual y alcanzó los 7.815 millones de dólares, con lo que consolidó al sector hidrocarburífero como aportante neto de divisas de la economía argentina.
En síntesis, el año pasado volvió a mostrar una industria dual: un shale que sigue creciendo aun con precios más bajos, un convencional en claro retroceso y un impacto macroeconómico cada vez más relevante vía exportaciones y ahorro de importaciones.
El arranque de 2026 encuentra al sector con una clara dirección estratégica de crecimiento hacia ser un gran exportador. La experiencia venezolana muestra, además, los límites del modelo actual.
A pesar de contar con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, el país ha sido incapaz de sostener su producción. La combinación de nacionalizaciones, empresas mixtas dominadas por PDVSA, burocracia extrema, corrupción estructural y deterioro de la infraestructura espantó al capital privado y destruyó valor de manera sistemática.
Ni China, ni Rusia, ni Irán lograron revertir esa dinámica. La producción no creció; se desplomó, aun cuando Venezuela sigue teniendo un potencial enorme en recursos de petróleo y gas natural (del que no se está hablando).
Desde esta perspectiva, la figura de Nicolás Maduro aparece también como un catalizador político. La fragilidad institucional del régimen, su aislamiento internacional y el colapso económico ofrecen a los Estados Unidos una justificación funcional para intervenir y reordenar el tablero regional, particularmente en lo que Washington sigue considerando su área de influencia directa.
En un mundo crecientemente bipolar o multipolar, las relaciones comerciales vuelven a estar subordinadas a las relaciones políticas. Las implicancias regionales no son menores.
En el mediano plazo, una eventual normalización de Venezuela podría reordenar flujos de inversión dentro del continente. El capital petrolero es global y compite entre proyectos.
Si Caracas se transformara nuevamente en un destino atractivo, algunas inversiones podrían reorientarse desde otras geografías, incluida la Argentina. Ese proceso está lejos de ser inmediato: reconstruir confianza, contratos, infraestructura y reglas de juego llevará años, no meses.
Lo que ocurre hoy en ese país no es simplemente una discusión sobre petróleo. Es una manifestación concreta del nuevo orden energético y geopolítico, donde los recursos naturales vuelven a ser herramientas de poder y la competencia entre los Estados reemplaza definitivamente la ilusión de una globalización sin conflictos. Venezuela, queda en el centro de esa disputa.

Por Daniel Dreizzen

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